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Tres ingleses en la costa de los muertos




Como tres fantasmas venidos de otro mundo Gould, Burton y Luxon caminan por la costa de los muertos, exhaustos y heridos, consiguen arrastrarse por los caminos dejando un rastro de sangre sobre el barro, llueve, el agua y el miedo empapan sus huesos, la oscuridad les ciega, envuelve una tierra extraña sobre la que sus cuerpos han sido paridos sin contemplaciones, una mar caprichosa, violenta y asesina ha decidido no engullirlos, por hoy está saciada, 173 almas son suficientes.

Han sido dos horas en el filo, chapoteando sobre montañas de agua, evitando por los pelos rocas afiladas como los dientes del demonio, hundiéndose y reflotándose una y cien veces, sin piedad, escuchando como los gritos de los suyos han ido dando paso a un silencio sepulcral, roto sólo por el batir del océano contra la tierra.

Maldito sea el que puso nombre de ofidio a un barco, el “HMS Serpent” desorientado, sobrecargado y neciamente gobernado había ido a ensartar su tripa en un saliente de la “Punta Boy”, a unos seiscientos metros de la ensenada de Trece donde ahora reptan los afortunados supervivientes, en ése mismo instante la fuerza del atlántico machaca el pequeño crucero, desgajando las planchas de metal blanquecino como si de mantequilla se tratase.

El comandante Leith y su segundo, el Teniente Greville la han cagado soberanamente, por excesiva confianza o un profundo desconocimiento, o quizás por una peligrosa mezcla de ambas cosas, han mandado al infierno a toda su tripulación, pero no vivirán lo suficiente para arrepentirse, sin referencias en el cielo o en la tierra, dejándose los ojos a babor intentando encontrar el brillo salvador del Cabo Vilano, e inexplicablemente sin usar sus sondas, habían ido lamiendo la costa gallega en su camino al trópico, sin esperar que la tierra agreste y dura saliera a su encuentro y les ensartara como un palillo a una aceituna.

No fueron los primeros y no serán los últimos, la “Costa da Morte” no se bautizó así por capricho, uno a uno, en su desesperado intento por escapar de una pieza de la trituradora, los jóvenes marinos van dejando su pellejo en la negrura, para cuando los paisanos de Xaviña y Camariñas espoleados por el cura del pueblo deciden jugársela por rescatar a los “british”, ya es demasiado tarde, el mar sólo escupe cadáveres.

Ciento cuarenta y dos son recogidos y enterrados en lo que a partir de ése día se llamará (no podía ser de otra forma) el cementerio de los ingleses, otros treinta y uno no volverán a tierra firme, pasarán a formar parte de la misma costa que les arrebató la vida.

Del desastre una lección, Gould, Burton y Luxon han mantenido sus huesos a flote en parte por un milagro, en parte por llevar puesto el chaleco salvavidas, un artículo que por indispensable que pueda parecer en semejante coyuntura, no es de uso obligatorio en ésos años finales del siglo XIX.

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