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Raleigh y el dorado




Dicen que Raleigh caminó sosegado hasta el cadalso, con oficio, seriedad, entendiendo la muerte como el último y más costoso gaje del oficio, que quien a hierro mata, a hierro muere y él había matado mucho, demasiado.

Digno en el penoso caminar del condenado, en la nada digna tarea según la cual le separan a uno la cabeza de los hombros y la meten en un cesto, para poder enseñársela a Jacobo I, el maldito rey contra el que había conspirado y cuya ascensión había supuesto el comienzo del fin, el sumidero que se había tragado títulos, tierras y familia.

Arruinado, viejo y ahora arrodillado, frente al verdugo que da los últimos retoques a su hacha tiene unos segundos para hacer un resumen de su vida, para revivir los fragmentos de su existencia por los que será recordado.

Por su mente pasean favores y fervores de la reina virgen, intrigas palaciegas y galanterías que le hicieron rico, poderoso, envidiado y temido, fue por ella, la primera de las Isabel, por quien recorrió medio mundo, colonizando y dando nombre a las tierras de Virginia (llamadas así en honor a la supuesta falta de mácula de la gobernanta), descubriendo nuevos parajes, ensanchando el reino, protegiéndolo de sus enemigos.

Siempre luchando, al italiano, al portugués, al irlandés, al franchute, y sobre todo al español, malditos demonios del sur a los que odiaba y conocía a partes iguales, a los que había arrebatado tesoros y barcos, cuyas ciudades había arrasado y saqueado, y que en venganza no solo le habían matado a compañeros de armas y a su propio hijo, sino que además ahora reclamaban con satisfacción su cabeza.

Enemigos acérrimos con los que había compartido las mismas obsesiones, conquista, riqueza, la búsqueda de “El Dorado”, estúpida ensoñación para crédulos que le había arrastrado hasta remontar el Orinoco, por la que había asumido enfermedad, ruina y deudas imposibles de pagar.

Walter Raleigh, militar, navegante, escritor, poeta, corsario, explorador, amante de reinas vírgenes, saqueador, sonríe un segundo antes de que el hacha haga su trabajo y se despide.

Que le quiten lo bailado.