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Mil años y no aprendemos




Dice la leyenda, que antes de partir decidido a la batalla, Don Diego López de Haro, quinto señor de Vizcaya, recibió de su hijo una petición clara “Que no me llamen hijo de traidor”, le espetó a su padre su retoño Lope, a lo que el padre, espoleado por la adrenalina y su reciente fracaso matrimonial contestó “Antes te llamarán hijo de puta que hijo de traidor”, dicho lo cual reunió a su fuerza de choque y sin mas miramientos, la lanzó al galope y en vanguardia contra los ciento veinte mil moros que aguardaban cimitarras en ristre en las tierras de las Navas de Tolosa.

Supongo que eso da una ligera idea de la clase de tipos sobre los que recayó el peso de la reconquista, brutos como arados, aquel día de 1212 dibujaron una cruz sobre las tierras peninsulares, cristianizando como sólo ellos sabían, por la vía rápida.

A su alrededor, en la lucha, miles de hombres de toda clase y condición pasándose a cuchillo, paisanos reclutados en los concejos castellanos, voluntarios portugueses, órdenes militares profesionales, nobles, reyes de tres reinos, árabes, beréberes, almohades y andalusíes, unidos estos en torno a su Califa Muhammad Al-Nasir (Miramamolín para los cristianos).

Míticos luchadores como los “imesebelen”, fanáticos que luchaban siempre hasta la muerte, encadenados al suelo para no poder huir, caballeros de la orden del temple con su eterno halo de misterio, cruzados dispuestos a ganarse su parcelita en el paraíso a cualquier precio… doscientas mil almas cada cual con su motivación, en una lucha igualada que empapó de sangre las tierras del sur.

Un sindiós que se decide del lado cristiano por los pelos, gracias a la carga conjunta de tres reyes, Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón, al mando de una caballería pesada que no deja títere con cabeza, a la que la acaba costando andar porque las patas de los corceles se tropiezan con los cadáveres amontonados.

Sin piedad, sin negociación, sin diálogo de civilizaciones ni rendición que valga, lanceando por la espalda al moro que huye, pasando a sangre y fuego las villas andaluzas en las que los desgraciados perdedores se refugian, un mensaje claro bañado en sangre, reconquista.

Noventa y dos mil muertos, de los cuales noventa mil son musulmanes, páramos enteros en los que cientos de años después los labradores seguirán refundiendo los restos metálicos de espadas, cascos y puntas de flecha para fabricar aperos de labranza, un precio alto, una muestra más de la imbecilidad humana, incapaz de solventar sus diferencias sin darse de bofetadas.

Mil años y no aprendemos.

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