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Tropezones de alcoba




Ljubo siente como el frío se cuela entre sus ropas y acaricia su nuca, le acompaña mientras recorre la Giesebrechtstrasse, el invierno Berlinés ha llegado sin previo aviso, como comiéndose el otoño de un bocado, escalofriado, se sube el cuello de su gabardina, ajusta el nudo de su bufanda de lana y sin rumbo fijo, pasea calle abajo.

Prende un cigarrillo, observa a sus congéneres, la capital aún tiene pulso, ajena a los tambores de guerra que suenan desde los cuatro puntos cardinales, se estremece cada noche con las fiestas de sus amados líderes, champán francés y trajes de gala, que la sopa fría y el pan duro es sólo para la plebe, para los pringados del imperio.

Camina aparentemente distraído, esquivando a los obreros que trabajan en la calle tendiendo un largo cableado a la altura del número once, torpe, acaba tropezando con éste y casi da con sus huesos en el suelo, sólo la rápida acción del SD Untersturmführer Schwarz evita el hostión, Ljubo Kolchev agradecido sonríe y se presenta, es secretario de prensa de la embajada Rumana, amablemente ofrece un cigarro y un poco de charla a su salvador.

-Las obras públicas son un fastidio, pero necesarias.-El SD se excusa.

Ljubo asiente con simpatía, se gana con facilidad la confianza de su interlocutor, tiene don de gentes, su vida depende de ello, su verdadero nombre es Roger Wilson y su trabajo uno de los más peligrosos que han existido jamás, el de espía.

Mira a los supuestos obreros y por dentro se descojona, con las siglas SD escritas en la cara y los nudillos aun pelados a base de partir caras de infelices, tienen de operarios lo que él de rumano, son la confirmación de las habladurías, el salón Kitty, el famoso puticlub nazi situado en la tercera planta de la casa que está a sus espaldas está mas pinchado que las venas de un yonki, no hay secretillos mas inconfesables que los de las alcobas.

Cuando Roger se despide de Schwarz, sabe que pronto tendrá una nueva misión, cuando sus jefes en Londres se enteren de las escuchas a los romeos del Tercer Reich, inmediatamente le exigirán convertirse en un cliente asiduo.

Un trabajo duro, todo por la patria.

Wilson no tardará en colocar sus propias escuchas en el prostíbulo, en apenas unos días los gorgoritos amorosos de oficiales, diplomáticos y mandamases del eje no solo se escuchan en los cuarteles de la Oficina Central de Seguridad del Reich, sin además, de propina, en media Inglaterra.

Así, con relajación post coital y los gallumbos por los tobillos, la inteligencia europea acabará grabando a tipos como Galeazzo Ciano, (ministro de exteriores italiano), o al mismísimo Serrano Suñer mientras implicadísimos en la representación de sus respectivas patrias, éstos dan una lección de furia latina a sus aplicadas alumnas teutonas.

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