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Crecepelos Faraónicos




En 1862 en la ciudad egipcia de Tebas, a un saqueador de tumbas de nombre olvidado le tocó el gordo de la lotería, el premio fue un sarcófago con momia incluida que sostenía entre las piernas un papiro de casi veinte metros de largo por treinta centímetros de ancho en perfecto estado, una joya enrollada que escapó de las garras del olvido para acabar cogiendo polvo en el cajón de algún espabilado anticuario.

Allí, perdido de la mano de Horus anduvo el legajo durante algún tiempo hasta que un egiptólogo llamado Georg Ebers, con buen ojo y mejor mano para rescatar antigüedades de mercado negro, se topó con el mismo y movió los hilos para conseguir el pastón que el expoliador reclamaba, al final el alemán no sólo se llevó el papiro bajo el brazo de vuelta a la Universidad de Leipzig y sino que además le dio su nombre al que resultó ser el primer tratado de medicina de la historia.

Y es que, a parte de valor arqueológico, el escrito no tiene desperdicio, da una idea bastante clara de las eternas penas, achaques y obsesiones que han pasado de padres a hijos durante los últimos cuatro mil años, y de las ocurrencias que el hombre ha tenido para aliviar tanto puteo, desde el clásico potingue de Aloe Vera que aún hoy sigue de moda hasta el brujo, curandero y sanador de turno que invoca con los ojos dados la vuelta a los Dioses para curar una almorrana.

Caraduras aparte, es interesante echar un vistazo a los remedios, que por el humo se sabe donde está el fuego, a los clásicos potingues contra el estreñimiento, la diarrea, los parásitos intestinales, la tos productiva o la irritación de los párpados, le siguen otros que se me antojan indispensables, como el tratamiento para las mordeduras humanas y de cocodrilo (no se cual puede ser peor), los esenciales supositorios para refrescar el ano (no quiero imaginar los motivos que pueden llevar a alguien a buscar ése remedio) o mi preferido, el sacrosanto y eterno crecepelo.

No puedo por menos que, aún con el riego de incumplir alguna faraónica ley de protección de patentes, transcribir aquí el más antiguo remedio contra la calvicie, a los que les claree el cartón puede serles útil.

“Mézclese a partes iguales grasa de león, de hipopótamo, de cocodrilo, de gato, y de serpiente, remuévase hasta conseguir homogeneidad en la mezcla y aplíquese con alegría sobre la cabeza del calvo y espere, si tiene dificultades para conseguir los productos pregunte en su botica o en su zoológico mas cercano”

Miles de años de sabiduría nos contemplan, el éxito está casi asegurado, pero si no funciona, ya se sabe, a pedir cuentas al faraón”.

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