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Un dramaturgo, un conquistador y un mago




Hay tipos especiales hasta en la forma de morirse, recordatorios evidentes de lo asquerosamente frágil que es el ser humano, no importa lo grande e importante que seas, el poder y las riquezas que atesores, las veces que hayas salido victorioso tras poner tu pellejo en juego, criarás malvas antes o después.

El ejemplo más grande y evidente quizás sea el de Alejandro Magno, el conquistador, el tipo que agarró el continente asiático por el forro de los caprichos y apretó, hasta sacar todo el jugo, el genio militar, el mito.

Una vida entera sorteando mil y un peligros, mil y un intentos de asesinato, adentrándose en la batalla al frente de una masa casi incandescente de gargantas capaces de seguirle hasta las mismas puertas del infierno, un semi-Dios adorado por los suyos que acaba palmando por cogerse un pedo descomunal con los amigotes, (aunque a su muerte ya debía andar jodido con malaria, el alcohol probablemente sólo remató el trabajo)

Aleccionador.

Otro que me viene a la mente es Esquilo, literato anterior a Alejandro, luchador en las batallas de Maratón y Salamina, dramaturgo fértil que según la historia huyó de la ciudad aconsejado por el oráculo, advertido de que su muerte se produciría al caérsele una casa encima, evitó el hombre los techos mientras pudo, pero no contó con la afición que tienen los quebrantahuesos por lanzar restos óseos desde las alturas, por lo visto un pajarraco con puntería le acertó en la sesera con el caparazón de una tortuga.

Irónico.

El último de esta lista es un mago, ya he hablado de él, Houdini presumía de poder parar con el vientre los golpes más salvajes, en octubre de 1926 a la salida de una representación en la que probablemente se había sumergido boca abajo con media tonelada de cadenas perfectamente atadas a una camisa de fuerza, se le acercó un grupo de universitarios con los que no dudó en vacilar un rato, craso error, ya que entre el grupo se encontraba un angelito llamado William Lances boxeador que le calzó un hostión de tal calibre en el estómago que le reventó el apéndice, no se quejó el mago en el momento, pero con las peritonitis no se juega.

Inútil.

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