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Un dia de furia




Existen tipos aparentemente pacíficos que atesoran en su interior una mala leche apocalíptica, gente de maneras hoscas pero tranquilas que de buenas a primeras y ante una intensa tocada de huevos, explotan, liándose la manta a la cabeza y llevándose por delante a quien sea, hasta que salga el sol por Antequera, como un animal que una vez desbocado es incapaz de volver a tranquilizarse.

Uno de esos personajes nació hace 240 años en tierras burgalesas, le llamaron Jerónimo Merino Cob y fue el segundo de doce hermanos, Dios a través del párroco de su pueblo le llamó a su redil bien temprano, aunque sin demasiadas exigencias intelectuales, le facilitó cuatro latinajos y le ordenó sacerdote, ejerciendo su ministerio en el pequeño pueblo que le vio nacer.

Nada especial hubiese ocurrido de vivir España en paz por aquellos años, el tiempo y el olvido hubieran devorado el nombre de Don Merino, que ejercía feliz y orgulloso su labor por las tierras castellanas, pero el destino es caprichoso y un buen día los pasos del cura se cruzaron con los de un franchute que decidió tocarle las pelotas, encendiendo sin saberlo la mecha de la bomba de hidrógeno que escondía su nada piadosa cabeza.

Cuenta la historia que la noche del dieciséis de Enero de 1808, en pleno comienzo de la guerra de la independencia un destacamento de franceses pernoctó en Villoviado, patria chica de nuestro protagonista, teniendo el grupo de gabachos un oficial jocoso hasta la médula, amén de antimonárquico y anticlerical que decidió al día siguiente divertirse con la autoridad eclesiástica del lugar obligando a nuestro querido amigo a transportar hasta Lerma y cual docta acémila los instrumentos de música de la banda del regimiento, imagino el grado de humillación que supuso aquello para el sacerdote, que al poco de volver al pueblo y con la sangre hirviéndole por las venas decidió coger la escopeta de caza y volarle los sesos al primer gabacho con el que se cruzó.

Después de aquello no le quedó otra que poner los pies en polvorosa echándose al monte con su criado, convirtiéndose en el germen de una de las guerrillas más bestias que hicieron la vida imposible al francés en estas tierras castellanas, “el cura Merino”, monárquico absolutista, cobarde, astuto y brutal a partes iguales fue el directo responsable de la muerte de miles de franceses así como cualquier españolito que oliera a afrancesado, teniendo entre sus hazañas bélicas el enterrar hasta el cuello a un destacamento gabacho vencido para jugar a los bolos con las cabezas de los desdichados y una bala de cañón.

Curiosamente, tras la guerra, no tuvo un verdadero descanso, luchó contra los liberales en la época de Fernando VII y contra Isabel II en la primera guerra carlista, lo que le costó el exilio a Francia en 1839, la patria de sus eternos enemigos y el lugar que le vio morir en 1844.

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