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Sarah "La louchette"




1840, en algún tugurio perdido de la mano de de Dios, Sarah descansa tras un duro día de trabajo, sentada sobre una vieja y desvencijada silla nota como los años y la sífilis comienzan a roer sus entrañas, duele, como una autómata desarrolla un ritual casi sagrado, con el pulso tembloroso vierte agua fría sobre un terrón de azúcar, observa como se deshace lentamente, arrastrándose hasta el fondo del vaso de absenta, el líquido verde se torna lechoso, apetecible, el primer trago la calma, el dolor desaparece por un momento antes de que el segundo lingotazo traiga de nuevo las convulsiones.

Mira a su alrededor, no le gusta lo que ve pero hay que joderse, no queda otra, una vida perra que la ha envilecido, que la ha hecho arrastrar sus sufridos huesos por la mitad de los prostíbulos de Paris, violenta, primaria, desconfiada, sus ojos torcidos reparan en un espejo, su mirada encuentra bajo dos dedos de mugre el reflejo de un despojo, calva, bizca y huesuda su precio en el mercado de la carne no hará sino descender con el tiempo.

Un murmullo la saca de sus pensamientos, el joven que descansa en el camastro recita algo entre dientes, un niño bien con el que se ha divertido, que ha pagado religiosamente el opio y el “hashish” que ahora embotan su cerebro, es la última visita, ella lo sabe y él también, no habrá mas, sus destinos se separan desde ése mismo instante, cada cual por su lado y a ver que sorpresas les depara el futuro.

Sarah “La Louchette” desconoce que su nombre no se olvidará, grandes generales y hombres de fortuna envidiarán su lugar en la historia, la inmortalidad que en forma de poema, el joven crápula y adicto que reposa en su catre prepara para ella, y no hay más que mirarlo, 168 años después, en cualquier edición de “Las flores del mal”, el poema XXXII escrito por Charles Baudelaire a la mujer que probablemente tuvo el honor de contagiarle la enfermedad que le llevó del catre a la tumba.


“Una noche junto a una horrorosa judía,
como junto a un cadáver un cadáver tendido,
me di a pensar, al lado de aquel cuerpo vendido,
en la triste belleza que mi cuerpo ansía.

Y me representaba su majestad nativa,
su mirar vigoroso, de gracia penetrado,
sus cabellos que le hacen un casco perfumado,
cuyo solo recuerdo, el amor en mí aviva.

Pues con fervor tu noble cuerpo hubiera besado,
desde tus frescos pies al cabello trenzado,
de profundas caricias desatando el tesoro

si alguna vez tu rostro lágrimas verdaderas
surcaran fácilmente, reina de las panteras,
poniendo en tus pupilas como un temblor de oro”

Comentarios

Hispa ha dicho que…
Gran entrada. Gracias.
Javi ha dicho que…
A mandar Hispa, gracias a ti por tus comentarios
ana ha dicho que…
Es impresionante como un simple personaje, insignificante quedo tan inmortalizado por un poema. No ere atractiva, ni una reina, ni actriz, mas bien una cortesana de muy baja categoría de la cual su nombre permanecera por la historia hasta que halla memoria...