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Metralleta Mc Gurn




El 14 de Febrero del treinta y seis, a Jack “Metralleta” Mc Gurn se le quedó la boca seca, borracho y pendenciero, con la cartera mas tiesa que la mojama y el pellejo hinchado por el wisky, era una vieja gloria venida a menos, embutido en unos pantalones de alquiler, probablemente intentaba hacer valer sus galones frente a dos jóvenes compañeros de oficio, probablemente les daba una clase magistral reducida de cómo convertirse en el perfecto proxeneta, o de cómo usar con clase una Thompson en un tiroteo, no cuesta trabajo pensar en las frases que salían de su boca, seguramente añorando los buenos años en los que de la mano de “Caracortada” Capone, Jack tenía potestad para apretar las pelotas de cualquier ciudadano de Chicago que osase ponerse en su camino.

La conversación no acabó con un abrazo, ni con un apretón de manos, sino con dos docenas balas disparadas a quemarropa sobre el saco de huesos en el que se había convertido Mc Gurn, sobre su mano muerta sus asesinos depositaban una tarjeta del día de San Valentín y una moneda de 5 peniques, en la tarjeta unas frases:

“Has perdido tu trabajo, has perdido tu pasta, tus joyas y casas preciosas, pero las cosas podrían ir peor, ya sabes, todavía conservas los pantalones”.

Ironía siciliana, y es que quien a hierro mata, a hierro muere, y Jack había matado mucho, unos 25 palomos se calcula, desde que puso los pies en suelo americano; siendo niño en Ellis Island y mas tarde el las callejuelas de la “Pequeña Italia” pronto intuyó lo que quería ser de mayor, cuando “la White Hand Gang” mató a su padre por un quítame allá esas pajas, tomó una decisión que le llevó a recorrer un camino sembrado de cadáveres, los más famosos los siete que por orden de Al Capone dejó cogiendo frío en el garaje de la SMC Cartaje Company , exactamente siete años antes de su propia muerte, en lo que ha pasado a la historia como “La matanza del día de San Valentín”.

A pesar de que todo el mundo sabía quién había apretado el gatillo, Jack libró por aquello gracias a que afirmó estar retozando en un hotel con una guapa muchacha llamada Louise “la coartada rubia” Rolfe, que juró a pies juntillas haber estado en la cama con su novio en el momento de los disparos, cuando meses más tarde, a la propia Louise la pillaron en un renuncio y quedó claro que era mentira, tuvo que casarse con Mc Gurn para no tener que declarar en el juicio (legalmente no estaba obligada a declarar contra su marido) y salvar la acusación de perjurio.
Durante aquellos años de fama, el cabronazo de Jack regentó varios garitos musicales, con tácticas tan expeditivas para el negocio como la de cortar la lengua a el cantante de los locales rivales, el éxito estaba asegurado, durante unos pocos años al menos, porque tras aquello, con la caída del propio Capone el negocio comenzó a degenerar tan rápido como la moral de su dueño, cuando el gobierno además le metió en la lista de los “10 mayores peligros públicos” muchos de sus compañeros evitaron seguir haciendo trapicheos con él acelerando la barrena.

Cuando mordió el polvo poca gente le lloró, y mas de uno respiró tranquilo, era una leyenda viva y peligrosa, un archivo con piernas, notario de las muchas fechorías de los mafiosos más famosos del siglo XX, quizás ése currículo fue el que le condujo a la tumba.

PD: En la foto “la coartada rubia” y “el metralleta” sonríen felices ante la vida.

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