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La vida en un tarro



Hace aproximadamente nueve años un maestro de instituto de una zona rural de Kansas tuvo una feliz idea, en el marco de un trabajo relacionado con la vida, el respeto y la tolerancia tres de sus alumnas encontraron una breve reseña en un periódico, que hablaba sobre una mujer que había salvado a mas de 2500 niños judíos de la maquinaria de muerte alemana durante el holocausto.

Aquella historia, poco conocida y enterrada bajo toneladas de indiferencia sonaba un poco a chino, tanto, que incluso las tres estudiantes por un momento pensaron que se trataba de un error tipográfico, por suerte eran cabezonas, perseverantes y currantas, y pasito a pasito redescubrieron al mundo las vivencias de una polaca con más cojones que los de el caballo del general Espartero.

Irena Sendlerova, que aún vivía en un asilo de Varsovia, había pasado desapercibida a los ojos de los mortales, mientras a Spilberg le cegaban los flashes de los fotógrafos en el estreno de la lista de Schindler, ella envejecía lentamente entre recuerdos a los que ya nadie prestaba demasiada atención.

Recuerdos de la madre de todas las guerras, que a ella la pilló jovencita siendo enfermera del Departamento de Bienestar Social Polaco, puesto desde el que tuvo, tras la ocupación alemana, pleno acceso al gueto de Varsovia, ya que los nazis, muy valientes ellos, dejaron en manos autóctonas la organización sanitaria de aquel pudridero temerosos ante la posibilidad de que se propagase una epidemia de tifus entre sus hombres.

No perdió el tiempo entre los muros de aquel siniestro lugar, instauró una red de colaboradoras (la mayoría mujeres) que en cada entrada y salida del barrio amurallado evacuaban del infierno a los más pequeños, de tapadillo, entre bultos, maletas, o en ambulancias, supuestamente aquejados de tifus, uno a uno, hasta 2500, mas tarde los redistribuía entre católicos cristianos que los hacían pasar como hijos propios ante los alemanes, tan intensa fue su labor que al final las SS la cazaron, la encerraron en la prisión de Pawiak y la molieron a palos, la rompieron pies y piernas pero no soltó prenda, ni una sola familia acogedora fue delatada, cansados de zurrarla la condenaron a muerte, pero camino del paredón, un oficial Alemán al que la “Zegota” (organización clandestina polaca) había sobornado, la liberó, con la ventaja adicional de quedar oficialmente fusilada.

Se recuperó y siguió trabajando con otra identidad hasta que acabó la guerra, momento en el que intentó reunificar a las familias, lamentablemente ya no quedaba mucho que reunir, ya que el 90% de los adultos habían sido asesinados, aún así y gracias al meticuloso registro que hizo de nombres y apellidos (que guardaba en tarros de cristal enterrados bajo el manzano de su vecino) sus niños recuperaron al menos su identidad, acabando la mayoría en orfanatos israelíes.

Las chicas de Arkansas (al final pudieron conocer a Irena personalmente) pusieron en marcha una bola de nieve que aún no se ha detenido, lanzándola al estrellato, miles de artículos ahora la recuerdan, existe una obra de teatro basada en su vida y representada por adolescentes que recorre todo EEUU, se llama “Life in a Jar” y Hollywood, atento siempre a las buenas historias, parece ser que la va a convertir en película

Irena murió en mayo de este año tras haber sido propuesta para el Nóbel de la paz, premio sobradamente merecido (para una mujer a la que no le quedaba demasiado) que en un alarde de politiqueo indecente acabó recayendo en ése superecologista de diseño llamado Al Gore.

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