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La calle de la pared




Si hay un lugar en el mundo en el que el sacrosanto dólar se siente a gustito ése es Wall Street, la calle del muro, el lugar en el que los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam, allá por 1653, decidieron un buen día sustituir las defensas básicas de la colonia (poco mas que estacas en el suelo) por una muralla de cuatro metros de altura, ideal para protegerse de los ataques de los indios y los británicos, y de paso evitar que los esclavos africanos que trabajaban a destajo para la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales decidieran darse el piro.

Pierre Minuit se llamaba el tipo que hizo la gestión, entre otras, ya que entre sus hazañas también se encuentra la de haber comprado la isla de Manhattan a los indios Lenapes por unos 60 florines (24 dólares actuales), el ídolo de cualquier especulador de bolsa tan solo se aprovechó de la ausencia del concepto de propiedad privada en unos oriundos que eran nómadas, y se la traía al pairo los papeles firmados ante un individuo paliducho con cara de felicidad llegado de el otro lado de océano.

New York, New York, al ombligo del mundo le quedaba mucho para ser lo que es hoy, los británicos conquistaron y renombraron la ciudad en 1664, desmontaron el muro en 1699, y cien años después salieron por piernas de sus dominios trasatlánticos, mientras la pérfida Albión aún se lamía sus heridas, el Dios dinero plantó su semillita en la calle de la pared, concretamente al lado de un plátano de sombra, allá por 1792, siglo y medio después de los tratos de Minuit, veinticuatro primitivos “brokers” hartos de las comisiones que les imponían terceros en sus negocietes se juntaron en la calle, bajo el árbol que daba sombra al número 68 y llegaron a un acuerdo.

Los acuerdos del plátano de sombra se llamaron, en virtud de los cuales, aquellos tipos, se comprometían a venderse sólo entre ellos, y con unas comisiones fijadas de antemano, un club privado en el que pronto todo el mundo quiso tener un asiento, acababa de nacer el New York Stock Exchange.

No me es difícil imaginar las caras que hubiesen puesto aquellos 24 comerciantes del siglo XVIII si aquél 17 de mayo algún visionario gurú de la economía les hubiese asegurado que en apenas doscientos años el chiringuito que ponían en marcha movería en transacciones 21 billones de dólares al año.

Probablemente le hubiesen quemado en la hoguera, por brujo.

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