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Doble R




El fregao de Vietnam ha sido y sigue siendo, por lo menos hasta que sea substituido por Irak, el gran trauma de una generación entera de “Yankis” , la trituradora a la que se mandaban a los jóvenes (voluntarios y de reemplazo) no sólo a morir sino también a perder la chola para mayor gloria del imperio.

Infierno verde donde negros, hispanos y blancos del medio oeste con apellidos como “Kowalski” podían hermanarse y aprender a matar unas docenas de amarillos antes de ser apiolados en un descuido y si por alguna extraña razón salían de una pieza siempre les quedaba la posibilidad de llevarse las alegres experiencias adquiridas a casa y recordarlas entre sudores fríos antes de subirse a un campanario con un M16 y doscientos cartuchos con revestimiento metálico.

De sobra lo conocemos gracias a la abnegada labor de tipos como Stallone o Chuc Norris, quienes a base de no sentir las piernas y desaparecer en combate (bien podían haberse perdido en la jungla para siempre) nos transmitieron con exactitud lo que significan las palabras “estrés post-traumático”

Palabras de sobra conocidas también por los mandos estadounidenses quienes a medida que se iban empantanando en el país asiático decidieron crear un servicio de relax para soldados llamado R&R, (Rest and Recreation o lo que es lo mismo, descanso y recreo) según el cual durante el año de servicio obligatorio, 13 meses para los muy machotes marines, se tenía derecho a una semana de vacaciones pagadas en cualquier lugar de Asia, tiempo suficiente según el ejército, para recargar las pilas y volver hecho un figurín a las ciénagas de Vietnam.

Pues bien ahora imaginaros a chavales de veintipocos años, tras meses machacándosela en una trinchera, sicóticos por la guerra, puestos hasta las trancas de mil y una drogas diferentes y con la certeza absoluta de que en cualquier momento un norvietnamita podía mandarlos a criar malvas, mandados de repente al lugares como Hong Kong, Manila o Bangkok, a pasárselo pirata.

No es de extrañar que la mitad de ellos volvieran con el rabo incandescente y se pasaran un par de semanas más tratándose la gonorrea, o que cuando se pulían el dinero en los prostíbulos de las ciudades antes mencionadas acabasen cambiando granadas por mamadas armando indirectamente a los mismos con los que se iban a enfrentar en la jungla, cuenta la anécdota que un mando, enterado de tales tratos y decidido a ponerles fin, se presentó en uno de ésos putis con la sana intención de limpiar su sable y el honor del ejército y que en mitad de un intenso interrogatorio y sólo Dios sabe como, una de las Lumis en un conato de ardor patriótico le metió un bocao en la polla causándole graves destrozos, en virtud de los cuales recibió nada menos que el corazón púrpura.

Me imagino a ése oficial regresando a casa con las piernas arqueadas, acogido con amor por su mujer e hijos, quienes, intrigados por cómo hirieron a su heroico padre y amante esposo al preguntar siempre reciben la misma contestación.

-Calla, hijo, calla….

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