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El filósofo y el tuerto




El doce de octubre del treinta y seis comenzaba quedar claro que la guerra iba para largo, con el país fracturado en dos, la herida por la que se desangraba España no tenía visos de cerrarse en mucho tiempo, los frentes estaban mas o menos estabilizados y tras ellos la represión contra el opositor comenzaba a mostrar tintes brutales, en las retaguardias el terror se instauró como útil medio para mantener prietas las filas, fusilamientos, juicios sumarísimos y “paseos” de los que nunca nadie regresaba, se convirtieron en el pan nuestro de cada día, en el medio natural para resolver disputas no solo políticas, sino también económicas, familiares o incluso derivadas de males de amores, hermano contra hermano, tío contra sobrino, hijo contra padre.

Ése era el rancio ambiente que se respiraba aquel día en el Paraninfo de la Universidad Salmantina, que lo impregnaba y pudría todo, el día de la raza, el día en el que los militares sublevados festejaban el descubrimiento de América, entre vivas a España, el profesor Francisco Maldonado comenzó su discurso metiendo caña a catalanes y vascos delante de un Unamuno que nacido en Bilbao tomaba notas en silencio.

El filósofo en un principio había apoyado la sublevación, había querido ver en Sanjurjo, Mola y Franco, una garantía del mantenimiento del orden y los valores cristianos, pero su fe en el alzamiento fue desvaneciéndose en la medida en la que muchos de sus compañeros y amigos fueron pasando por el paredón, al final, desencantado, con la sabiduría y la libertad de quien de sabe en el final de sus días tomó la palabra:

“Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (...) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...".

Las palabras del anciano escritor zurcieron el aire y las conciencias de los allí presentes, Millán Astray, general fundador de la legión, tuerto y manco, rodeado de una guardia personal armada hasta los dientes, iracundo, con odio supurando por sus tullidos poros respondió:

"¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!".

Palabras que alguien entre el público remató con el lema de “Viva la muerte”.

Pero el caso es que Don Miguel no se achantó:

“(…)El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...”.

Al legionario le tuvo que salir la bilis por los oídos después de aquello, acto seguido soltó un improperio que no sorprende viniendo de quien vino.

“Muera la inteligencia”

El hombre más inteligente de los allí presentes concluyó un discurso que ya estaba camino de pasar a la historia:


"¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España".

Menos de diez días después, Unamuno perdía su cargo, el último día de ése mismo año, tras varios meses de arresto domiciliario moría de repente en su casa, al enterarse del suceso Antonio Machado escribió:

“Hoy ha muerto Unamuno repentinamente, como quien muere en la guerra, ¿contra quién?, quizás contra si mismo”

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