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Dj Trafalgar




Desde el cabo de Trafalgar la vista es hermosa, a ambos lados del mismo los arenales de las costas gaditanas se extienden imponentes invitando al baño, tras un breve trecho con el sol apretando en el cogote, dos paseantes, uno francés y otro español, nos apoyamos sobre la barandilla maltratada por el salitre y prendemos un cigarro, lamentamos no haber traído un pantalón corto y observamos en silencio el horizonte.

-Mira Jerome, aquí fue donde los ingleses nos dieron por culo.- Comento.

Rodeamos el faro, encontramos un mísero cartel con cuatro frases y un par de fotos, intentamos imaginar como fue el fregao dos siglos atrás, no cuesta mucho, sesenta navíos dispuestos a despedazarse, tuvieron que hacer ruido, cargados hasta las trancas con marinos con oficio y sin él, levantando una polvareda blanca entre un mar de astillas y sangre, apretando los dientes, obligados a escoger entre las balas de 24 libras o las de 18, acordándose de la madre que parió a Napoleón, a Godoy y a toda la caterva de chorizos que seguramente se tomaban una limonada fresquita a miles de kilómetros de distancia, rezando por que el estruendo cesase y alguien detuviera la carnicería que puso punto y final al intento francés por dominar a la pérfida Albión.

Y tras eso la rendición, con los barcos desvencijados, como quesos de gruyer, y de remate un bonito temporal, con la mar insatisfecha, reclamando los cuerpos aquellos que habían osado masacrarse en sus dominios.

La juega playera nos trae de nuevo al presente, el sol pica y encaminamos nuestros pasos hacia el chiringuito, de retirada nos cruzamos con unos ingleses, enrojecidos como tomates, con una vestimenta totalmente apropiada para conquistar el Congo Belga y con sus cámaras de fotos en ristre, parecen intrigados por conocer el lugar que da nombre a la famosa plaza, avanzamos por el camino pedregoso, sorteamos un par de grupos de turistas que lucen alegres michelines y domingas en el paraíso, sonrío, y al final del camino lo flipo, en el parking de acceso a la playa un grupo de chavales con las pupilas dilatadas y el pelo pincho estiran la fiesta entre litronas de cerveza en torno a un coche a cuya batería han conectado dos bafles enormes y una mesa de mezclas, el DJ está fuera de si, en sus oídos el chunda-chunda debe sonar a música celestial, yo personalmente pido a Dios que mande un meteorito sobre sus cabezas, el gabacho y media playa comparten mi opinión, pero que se le va a hacer, no ocurre nada.

Mientras cierro las puertas del coche y tiramos hacia Barbate me imagino a cualquiera de los marinos que, náufragos tras la batalla llegaron a esas mismas playas hace dos siglos, calados hasta los huesos y santiguándose por seguir de una pieza, pienso la cara que pondrían si les metieran en una cápsula del tiempo y vieran el percal actual, lo mismo se volvían corriendo al agua.

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