Ir al contenido principal

Dalí y los manguis del imperio




Pongámonos en situación, Nueva York, 1965, Nico Yperifanos, empresario intimo amigo de Salvador Dalí acude a una cena organizada en Manhattan en honor del genio catalán, a la que por cierto el propio pintor no acude debido a un fuerte resfriado, allí el griego conoce, entre copas de vino y chuletas de ternera, me imagino, a una esforzada funcionaria del departamento de prisiones llamada Anna Moskowits Kross, la buena de Anna tiene por aquel entonces la sana intención de hacer que sus chicos dejen de levantar pesas y patear culos ajenos, rehabilitándoles a través del arte y la pintura, para ello le pide al tal Nico que interceda por él para conseguir que Dalí acuda a la prisión de Rikers Island a dar una especie de clase magistral a sus alumnos más aventajados.

Hasta ahí todo muy bonito.

A todo el mundo le pareció una genial idea que sin embargo topó de bruces con Gala, la mujer del pintor que al comprobar que la charla era de gratis montó en cólera, (debía ser de la cofradía del puño cerrado la musa) y el caso es que con la recurrente excusa del resfriado, el genio al final faltó a su cita con los presos.

No se debió quedar a gusto Dalí con el plantón, ya que como compensación hizo un dibujo al carboncillo, un “cristo crucificado” que regaló a los internos para que decorara el comedor de la cárcel, y allí estuvo el cuadro hasta que por un quítame allá esas pajas, en 1981 uno de los comensales acabo reventando el cristal de protección de la pintura y manchándola con café.

Quedó pendiente la reparación del cuadro, que comenzó a coger polvo en el cuarto de los guardias hasta que un tal Timothy Pina, influenciado quizás por el ambiente de bondad y caridad de recinto y acuciado por unos números rojos en su cuenta que no hacían más que crecer y crecer, decidió dar el cambiazo por una copia barata durante un simulacro de incendio y llevarse a casa de un colega la obra que por aquel entonces ya alcanzaba la cifra de 500000 $ tirando por lo bajo.

El engaño duró poco tiempo, ya que otro guardia veterano y muy devoto (rezaba frente al cuadro a diario) pilló el truco a primeras de cambio y lo denunció comenzando una investigación que puso nervioso al ladrón, que acabó destruyendo la prueba del delito.

Triste fin para los borratajos de un genio que por unas horas de 1965 sintió que les debía una a los manguis del imperio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sarah "La louchette"

1840, en algún tugurio perdido de la mano de de Dios, Sarah descansa tras un duro día de trabajo, sentada sobre una vieja y desvencijada silla nota como los años y la sífilis comienzan a roer sus entrañas, duele, como una autómata desarrolla un ritual casi sagrado, con el pulso tembloroso vierte agua fría sobre un terrón de azúcar, observa como se deshace lentamente, arrastrándose hasta el fondo del vaso de absenta, el líquido verde se torna lechoso, apetecible, el primer trago la calma, el dolor desaparece por un momento antes de que el segundo lingotazo traiga de nuevo las convulsiones.

Mira a su alrededor, no le gusta lo que ve pero hay que joderse, no queda otra, una vida perra que la ha envilecido, que la ha hecho arrastrar sus sufridos huesos por la mitad de los prostíbulos de Paris, violenta, primaria, desconfiada, sus ojos torcidos reparan en un espejo, su mirada encuentra bajo dos dedos de mugre el reflejo de un despojo, calva, bizca y huesuda su precio en el mercado de la car…

Las cicatrices de Capone

Al es un tipo listo, sólo que a veces piensa con la polla, cuando Frank Gallucio entra por la puerta del Harvard Inn, sus ojos de gorila se detienen en el nuevo cliente apenas un par de segundos, suficiente tiempo como para catalogarlo dentro de la gran familia de los pringados con suerte, después, su mirada continúa sin disimulo su lento caminar hasta el bello trasero de las dos acompañantes de Frank, dos morenas de piernas eternas que responden a los nombres de Lena y María, Al suspira, silva y resopla, se relame, mira a Frank y piensa que el muy capullo es demasiado afortunado, ellas son demasiado para él, una es suficiente, Al no sabe que Lena es la hermana pequeña de Frank, su ojito derecho, podría llegar a sospecharlo de mantener su raciocinio intacto, pero a cada segundo que pasa, su cerebro va perdiendo funciones en favor de su miembro viril que engrosado, ya ha decidido que esta noche no va a dormir solo. Al mira a Lena, y cuanto más la mira, más se sonroja ella, más incómoda…

Picasso, el nazi y el Guernica

Mientras el pintor intenta concentrarse, el hombre de tez blanquecina camina en círculos por el estudio, husmeando, la luz de la mañana parisina se cuela por el ventanal y dibuja sobre el suelo una sombra alargada, delgada, sutil, que hace crujir la tarima al caminar, que da pasos cortitos y no duda en emitir sonidos de aprobación o desagrado ante las obras allí expuestas, ruiditos que se mezclan con las campanas del Sagrado Corazón, que a pesar de todo siguen repicando.

Pablo fuma, mira de reojo a su visita no invitada, no deseada, mantiene el silencio y respira hondo, sin esfuerzo las alarmas de su sexto sentido pitan casi más alto que las de la basílica cercana, el tipo que tiene enfrente lleva unas palabras invisibles tatuadas en su frente, HIJO DE PUTA, dicen, va vestido de civil, pero sus ademanes lo delatan, su compañía también, dos bulldogs de metro ochenta, levitas de cuero negro y miradas oscuras, repletas de desprecio, inertes, con sendos bultos en sus sobaqueras, con sendas…