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Dos tipos raros




1920, el comienzo de una década curiosa, los jóvenes que habían salvado el pescuezo en la primera gran guerra aún se palpaban las ropas dando gracias al cielo por seguir vivos, tras las penurias de las trincheras, muchos llegaron a la sabia conclusión de que la vida pasa en un suspiro, (sobre todo cuando te bombardean con gas mostaza) dedicándose al noble arte del despiporre.

En ése ambiente, mientras unos buscaban pasarlo lo mejor posible, otros lloraban a sus muertos, y algunos otros intentaban por todos lo medios sacar tajada del asunto, mediums, espiritistas y demás fauna, hacían el agosto sacando hasta las entretelas a viudas y huérfanos, utilizando supuestos poderes para-anormales en supuestos contactos con los finados.

Un negocio redondo que acabó uniendo (primero) y separando (después) a dos tipos tan fascinantes como raros, estoy hablando de Sir Artur Conan Doyle y Harry Houdini, que se conocieron a principios de la década en una gira que el escapista hizo por la Gran Bretaña.

Resulta que el mejor mago de toda la historia era escéptico hasta la médula (supongo que por deformación profesional) y sobre todo en la última parte de su vida decidió convertirse en el azote de los predecesores de la bruja Lola, denunciando la poca vergüenza que éstos individuos poseían, llegando a presentarse en sesiones de espiritismo disfrazado y dispuesto a pillar los “trucos” de los timadores.

Eso le llevó a mantener correspondencia con el que por aquel entonces era un de los mayores defensores del espiritismo, el padre de Sherlock Holmes, que ya era famosísimo y estaba total y absolutamente convencido de que el propio Houdini realmente tenía habilidades sobrenaturales.

Aquella visión de asunto sorprendió al mago tanto que incluso se mostró dispuesto a revelar al escritor los trucos de sus proezas, en sesiones privadas, pero fue inútil, mientras fueron amigos y después de que se distanciaran al orondo literato nadie pudo nunca sacarle de sus trece.

Houdini, por su parte llevó su lucha hasta el final, llegando a establecer un acuerdo con su mujer Beatrice, un código secreto que sólo los dos conocían y curiosamente basado en las cartas de Sir Artur, el primero que palmara intentaría comunicarse desde el mas allá con el otro, transmitiendo la clave.

Tras la muerte del ilusionista docenas de parapsicólogos intentaron lograr la clave del asunto, buscando fama y fortuna, diez años después, Beatrice comunicó al mundo que nadie ni siquiera se había acercado y que harta de frikis, abandonaba la búsqueda.

Ése día el ilusionista de ilusionistas, dondequiera que estuviese, seguro que sonrió.

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