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Mostrando entradas de 2008

El fantasma de D. B. Cooper

El Boeing de la American Northwest cruza el cielo helado dejando tras de si una fina línea inmaculada, imperceptible para las almas que viajan en su interior, atraviesa la manta de nubes bajas aparentemente sin esfuerzo, como un cuchillo que corta mantequilla, como un proyectil plateado que ajeno a la ley de la gravedad decide investigar si es verdad que luce el sol por encima de la tormenta.

Cuando la lucecita del asiento 18C se ilumina, emite un sonido casi infantiloide, la azafata Florence Schaffner acude solícita entre miradas furtivas que estudian su trasero, un hombre de poco mas de cuarenta años la espera con una sonrisa educada, viste elegantemente, con una madreperla embutida en el ojal de la chaqueta de su traje negro, pide un bourbon con soda y disimuladamente desliza entre las manos de la muchacha un trozo de papel doblado.

Flo maldice en su fuero interno, otro tipejo solitario que se quiere colar en su entrepierna, la azafata guarda sin leer el mensaje en su bolsillo y se a…

Una tarde de agosto

El “Palentino” se encuentra lleno hasta las trancas la mañana del día veinticuatro, fuera, el sol tardío de Agosto aún es capaz de apretar las tuercas a los valientes que no buscan las sombras de los soportales de la Calle Mayor, cuando Modesto por fin llega al restaurante, una gotilla recorre juguetona su frente mientras sus tripas rugen azuzadas por el olor a comida, de un vistazo localiza a sus compañeros entre el gentío, al fondo del local, arremolinados en torno a una mesa leen la carta con la seriedad propia de quien estudia unas oposiciones, no es de extrañar, después de todo, son universitarios.

Con dificultad, Modesto se escurre entre una masa casi impenetrable de pajaritas, abanicos, collares de perlas, croquetas, chuletillas y mezclas de aroma a tabaco, perfume y sudor, evita con arte mil y un empujones hasta llegar a su destino, la mesa donde Federico García Lorca le reserva un sitio a su vera.

-Buenas noticias, Federico.

-Dime.

-Parece que Unamuno viene a ver la representació…

El Rat Pack

De madrugada, los finos dedos de Judy acarician la pila de discos con una mezcla de suavidad y torpeza, recorren la torre musical de arriba abajo en un par de ocasiones antes de detenerse súbitamente, cuando por fin lo hacen, la actriz sonríe de oreja a oreja como quien acaba de encontrar una perla en mitad del desierto, cuidadosa, extrae el plástico redondo de su funda de cartón y elimina el polvo de su superficie de un soplido, esta pedo, la cuesta encontrar el agujero del vinilo pero al final lo consigue, la aguja del tocadiscos aterriza sobre su objetivo sin mas contratiempos mientras un grito ahogado de satisfacción surge de entre sus labios.

Pasa un ángel, el saxo de Charlie Parker inunda la estancia, hace palidecer las risotadas de Humphrey que se recuesta sobre el respaldo de su silla antes de rellenar su copa, en silencio mira el líquido elemento contenido en la botella, reflexiona sobre los doce años de envejecimiento en barrica de roble que han precedido a este momento, para…

Los calcetines de Mankell

“… Cuando yo era pequeño, Suecia era un país en el que uno zurcía sus calcetines. Yo aprendí incluso en la escuela como se hacía. Luego, un día de pronto se terminó. Los calcetines rotos se tiraban. Nadie remendaba ya sus viejos calcetines. Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla que abarcaba la verdad de todo el mundo. Seguro que había quienes se empecinaban en remendar sus calcetines. Pero a ésos ni se les veía ni se les oía. Mientras éste cambio se limitó solo a los calcetines, quizás no tuvo mucha importancia. Pero se fue extendiendo, al final se convirtió en una especie de moral, invisible, pero siempre presente. Yo creo que eso cambió nuestro concepto de lo bueno y de lo malo, de lo que se podía y de lo que no se podía hacer a otras personas. Todo se ha vuelto mucho mas duro. Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país. ¿Y como reaccionan? Pues con agresividad y desprecio. …

Stalingrado

Klaus y Otto apoyan sus respectivos rifles contra la pared, o lo que queda de ella, los enormes agujeros que la atraviesan convierten en un misterio insondable el hecho de que parte del edificio mantenga su verticalidad, como roedores asustados asoman sus hocicos por los huecos de la metralla desafiando a los francotiradores de papá Stalin, la ocasión lo merece, desde el Univermag la visión de la plaza roja es envidiable, un asiento de primera fila ante el comienzo del fin del mundo.

A menos de doscientos metros, un trío de rollizos rusos caminan orgullosos sorteando cadáveres, lo hacen lentamente, altivos, bravucones a pesar de las dos docenas de mirillas que apuntan a sus seseras, visten de punta en blanco, con uniformes nuevos hechos a medida, como tres novios camino del altar, portan una bandera blanca y tocan una corneta, quieren impresionar a los hombres que transmutados en ratas les miran desde las trincheras.

Esta claro a lo que vienen, a exigir la rendición.

Klaus mira de reojo …

Sobre muros y personas

Cuando Conrad Schumann ve como sus compañeros de armas del Nationale Volksarmee extienden el alambre de espino a lo largo de la esquina entre la Ruppinerstrasse y la Bernauerstrasse se siente como si ésa larga soga metálica se estuviera enredando también en su pescuezo, casi puede notar sus finas puntas afiladas reptando sobre su nuca, clavándose bajo su piel, interrumpiendo el flujo normal de oxígeno hasta sus pulmones.

Camina nervioso, con su fusil al hombro y el casco calado hasta las cejas, intentando poner cara de malo y mirando con ojos de odio a todo aquel que osa acercarse hasta la barricada, asustando a los pobres diablos en los que, en el fondo, ve una imagen difusa de si mismo, las órdenes son claras, volarle la tapa de los sesos al traidor que quiera cruzar la calle, a todo aquel listo que intente saltar el muro que en ésos momentos comienza a ser construido.

El muro de la infamia, el muro de Berlín.

Vigila, a los curiosos que desde el otro lado observan atónitos la brecha qu…

I+D en el siglo séptimo

Cuando el sol despunta al alba, Calínico dirige su mirada inquieta al océano traicionero, a un horizonte aterrador que cual bosque sombrío, oscuro y artificial aparece salpicado de buques negros, siniestros portadores de muerte, cuyas sombras se alargan sobre la superficie acariciando las crestas de las olas, llegando casi hasta la orilla, hasta los mismísimos muros de Constantinopla.

Cinco largos años de asedio, de sangre y guerra santa, árabes y cristianos masacrándose durante un lustro frente a las últimas puertas infranqueables de Bizancio, mirándose de reojo, medias lunas en los barcos, cruces en lo alto de las murallas, estudiándose como dos lobos que se enseñan los dientes entre dentellada y dentellada, perfectamente capaces de morir desangrados, antes que admitir su derrota.

Una partida que está en tablas, los asediadores no tienen fuerza suficiente para entrar, y los asediados no la tienen para salir, un empate técnico que hoy se verá resuelto.

Calínico nota como un nudo se afer…

Dragones azules

El bueno de Abbie Hoffman esta puesto hasta las trancas, mientras la Creedence Clearwater Revival se despide de Suzy Q, sus pupilas dilatadas como platos soperos esquivan a la multitud entre el barro, varios dragones azules le persiguen buscando revancha, son jodidamente persistentes, a pesar de que Abbie es rápido como el viento, al final le dan caza como a un conejo.

Es lo que tienen los dragones azules, malvados y rencorosos, siempre están al acecho, siempre dispuestos a tocar las pelotas, una vez que estas en sus garras, no hay escapatoria posible, tan solo sometimiento a sus lisérgicas majestades.

Sus dientes azulados esconden lenguas viperinas, sus ojos inyectados en sangre solo son capaces de trasmitir pavor, mientras Hoffman grita aterrado, una orden es transmitida por los gigantes del cretácico a su cerebro hiperactivo.

-¡Mientras tú lo pasas bien aquí en Woodstock, Sinclair está en la trena, levántate y lucha!

A Abbie siempre le han gustado las causas perdidas, casi tanto como l…

Espías y calentones de verano

Mientras John se sirve una copa junto a la piscina, el sol de Julio calienta su nuca, tuesta su calva ajada de antepasados latinos y le invita a pensar que la vida puede ser bella después de todo.

El primer trago le calma, el segundo le narcotiza lo suficiente como para buscar un asiento donde reposar unos huesos que se encuentran peligrosamente cercanos a la cincuentena, se sienta, se relaja, dedica unos minutos a meditar sobre su vida, sobre su suerte, puede dar gracias al cielo por su fortuna, la misma “baraka” que salvó su pellejo en las playas de Normandía, le hizo estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, le convirtió en el hombre a seguir, cargo tras cargo, puesto tras puesto, ascendiendo imparablemente hacia las dulces cotas donde el autentico poder reside.

Poder, John ya lo ha catado, lo ha saboreado lentamente con fruición, ha permitido que ésa maravillosa sensación especial recorra sus venas y sus entrañas, acostumbrándose a su presencia, disfrutando cada segundo, ig…

Migrant mother

Cuando Florence Owens se sienta bajo la mugrienta lona que hace las veces de hogar, el hambre ya ha dado paso al agotamiento, consumida y desfondada, con un cuerpo reducido a pellejo y huesos, su aliento se ha petrificado, como una virgen moderna, rígida e impenetrable, mira los helados campos californianos mientras se pregunta como demonios va a dar de comer a su prole.

Siete bocas como siete soles, incansables, piden una ración de alimento que no llega y un lactante que llora en su regazo, hambriento, al que puede intentar engañar dándole un pecho yermo, vacío porque para alimentar primero es necesario tener algo en el estómago.

Sus ojos se pierden en otro tiempo y en otro espacio, antes de que desaparecieran los garbanzos de la mesa, antes de que la inmortal avaricia humana se diera de bruces con una realidad hecha a base de personas que necesitan comer a diario, antes de que los mismos que vendían humo en forma de papelitos decidieran probar el efecto de la gravedad sobre sus cuerpo…

Billete de ida y vuelta al infierno

A Else Baker se la llevaron de su casa de Hamburgo a principios del 44; con nocturnidad y alevosía, sin previo aviso y ante la desesperación de sus padres, unos tipos de mirada siniestra y alma degenerada llamaron a la puerta de su hogar y exigieron su inmediata puesta bajo custodia.

Else tenía ocho años y su mayor delito lo escondía en su sangre, herencia insospechada de uno de sus abuelos maternos al que nunca conoció y que sin saberlo la había condenado, como una especie de pecado original, aquella noche supo que una cuarta parte de su frágil cuerpo era gitano, y que ésa simple característica aterraba de forma especial a sus amados líderes, les daba un motivo de peso para extraerla de su núcleo familiar y enviarla a un barracón helado en la lejana Polonia, en un lugar llamado Auschwitz.

Los gritos y la oposición de sus arios padres adoptivos no sirvieron de nada, los demonios se la llevaron, fue engullida por la noche, transportada en un tren de ganado y despojada de nombre, familia,…

Los huesos de Jimmy

Salvatore está nervioso, llega la hora de la verdad, se sienta frente la mesa de la cocina con un Seven Up en una mano y un Colt calibre 45 del ejército en la otra, bebe un trago y respira hondo, nota como un impulso eléctrico recorre sus extremidades, casi puede notar cada uno de los pelos de sus brazos erizándose cual puercoespín, los mira intrigado, mientras lo hace una fuerza incontenible asciende por su esófago, eructa, el estallido de gas es como la tormenta que precede a la calma justo antes de que llegue el huracán, el mafioso se queda en silencio, medita, cuenta cada una de las burbujas del refresco, piensa en lo mucho que le estresa su trabajo.

Cuando Thomas pasa a su lado exclama:

-¿Qué vas a matar, elefantes?

-Puede.

El encargado del asunto arruga el morro, chisca la lengua contra los dientes mientras extrae de su bolsillo un alambre y unos guantes, es hora de dejar un par de cosas claras.

-Tony no quiere escandaleras, ni cagadas, dile a tu hermano que se prepare, Jimmy y el go…

Trinity

El armazón metálico se eleva solitario sobre el desierto de “la jornada del muerto”, desnudo y letal, se asemeja a la torre olvidada de una iglesia siniestra e inacabada, sobre cuya cúpula el ser humano ha decidido condensar el infierno en poco más de dos metros cuadrados, el sol aún no ilumina el conjunto desde lo alto, pero promete proyectar una sombra alargada sobre la arena y asfixiar a los hombres de ciencia que inquietos y orgullosos esperan haber descubierto el definitivo camino a la destrucción.
A unos treinta kilómetros de distancia, un tipo delgado y de tez cetrina limpia y se coloca unas gafas protectoras similares a las que usa un soldador, Robert Oppenheimer es el responsable del tinglado, nervioso enciende el enésimo cigarro del día mientras se asegura que los sistemas de medición están correctamente calibrados, tras una espera tensa, da por fin las últimas indicaciones a unos colegas que le miran de reojo con una mezcla de respeto y admiración, el reloj de la cuenta atrá…

Las pelotas de Raoul Wallenberg

El chirrido de los frenos alerta a los guardianes que mecánicamente fuman y ríen frente al tren infernal, lo que hasta ése momento ha sido un trabajo fácil, resuelto sin mas complicaciones que un par de culatazos y varios empujones, sin duda tiene toda la pinta de torcerse con la llegada de las furgonetas de la delegación sueca, éstas casi derrapan frente a los hombres de negro, y antes de que estos puedan decir esta boca es mía, de su interior desciende como alma que lleva el diablo un tipo con pinta de no haber roto nunca un plato, que, ignorando las amenazas de los uniformados, comienza a correr en paralelo a los raíles.
La cara del oficial de la cruz flechada que dirige el asunto se pone pálida como un filete de pollo, desencajado y a voz en grito, busca con la mano temblorosa la autoridad extra que le otorga la vieja Luger que descansa en su cintura, de nada sirve, como un rayo, el sueco pasa a su lado sin inmutarse, sin prestar un segundo de atención al hombre que amenaza con ti…

Disturbios y mariposas

El oficial Lee W. Minikus tiene un día de perros, doce horas patrullando el sur de Los Angeles con cuarenta grados a la sombra han hecho que sus pelotas estén comenzando a fusionarse con sus pantalones, tras recorrer Gardena y Lawndale, hacia las seis de la tarde del 11 de Agosto de 1965, gira el manillar de su motocicleta y decide dirigirse al distrito de Watts, las calles se encuentran tranquilas, casi desiertas, con el sol tardío cayendo a plomo, los chicos malos están aún con la cabeza bajo el grifo, maldiciendo el día en el que se les murió el ventilador.

Watts no es un lugar para pasear de la mano, con un porcentaje de paro acojonante y dogas por doquier, si a un hombre caucásico, heterosexual y temeroso de la ley se le ocurriera darse un garbeo por sus callejones, lo más probable es que saliera de ellos como Dios le trajo al mundo, con una mano delante, otra detrás y un nota de agradecimiento grapada al culo.

“Gracias por venir, vuelve cuando quieras”, o algo parecido.

Lee W. Mini…

Los últimos latidos de Félix

Lentamente, como levitando, el hombre importante avanza entre rostros sin alma en dirección al estrado, figuras oscuras con ojos de serpiente protegen su caminar, sin disimulo, los escoltas taladran con su mirada, a cada paso, las pálidas caras de los próceres de la patria que como buenos chicos esperan ansiosos su ración de odio.

Cuando Félix Dzerzhinski por fin se coloca frente al auditorio el silencio es sepulcral, casi tanto como la propia presencia del asceta rojo, el aire se ha helado, ha adquirido una tonalidad blanquecina, mortal como las mañanas siberianas, los allí presentes tragan saliva y respiran con cuidado, con el corazón en el interior de un puño que se eleva, firmes como postes y dispuestos a saborear con deleite cada palabra del jefazo.

Por delante, dos horas de discurso y un público entregado, el terror siempre ha garantizado audiencias fieles, y el 20 de Julio de 1926 nadie está a salvo en Rusia, ni tan siquiera en el Comité Central Bolchevique, donde muchos de los q…

Lluvia en la cara

Cuando “Rain in the face” escucha la señal para salir a escena ya esta perfectamente preparado, serio sobre su yegua blanca, aprieta fuertemente las riendas con una mano mientras con la otra ajusta su carcaj a la cintura y el arco a su pecho, elegantemente vestido para una guerra irreal, con su impresionante tocado de plumas de águila y cuervo y su vistoso peto de hueso de búfalo, parece un fantasma de un tiempo no tan lejano, pequeño y curtido por el sol, nadie de la tribu Lakota moverá un solo dedo hasta que él lo diga.
Entre bambalinas, observa a Búfalo Bill hacer el paripé para mayor gloria del hombre blanco, con su cada vez más escasa melena al aire y oportunamente caracterizado con uniforme de general, cuando por fin pisa el escenario la gente brama de emoción, un séptimo de caballería mas falso que el beso de Judas le sigue decidido, los héroes saludan y empuñan sus armas con orgullo, comienza la función.

Es su momento, en segundos, los últimos hijos de las praderas saldrán a es…

La bala que respetó a Józef

El ruido del la pluma contra el papel resuena en los oídos de Józef como un epitafio, mientras la tinta fluye, su corazón late como una ametralladora empujando la sangre por su cuerpo, su respiración ya agitada se acelera, como si en la estancia el oxígeno se hubiera consumido repentinamente, se siente asfixiado, quiere gritar pero no lo hace, una llamada de socorro sólo tiene sentido cuando alguien puede oírla, quiere llorar pero no puede, las lágrimas ya no enderezan el camino, tan solo emborronan la visión del sendero.

Esta solo ante sus actos, solo ante su futuro incierto.

Sobre la mesa, acompañando al tintero, una botella de licor le da el fuelle suficiente como para no detenerse, empapa sus neuronas y le narcotiza lo justito para poder continuar con el plan prefijado, un trago que ya no raspa al pasar por el gaznate y una firma temblorosa son sus últimas acciones antes de cerrar el sobre con las palabras de un hombre que no hace tanto que dejó de ser niño.

Sin poder evitar un liger…

Tres ingleses en la costa de los muertos

Como tres fantasmas venidos de otro mundo Gould, Burton y Luxon caminan por la costa de los muertos, exhaustos y heridos, consiguen arrastrarse por los caminos dejando un rastro de sangre sobre el barro, llueve, el agua y el miedo empapan sus huesos, la oscuridad les ciega, envuelve una tierra extraña sobre la que sus cuerpos han sido paridos sin contemplaciones, una mar caprichosa, violenta y asesina ha decidido no engullirlos, por hoy está saciada, 173 almas son suficientes.

Han sido dos horas en el filo, chapoteando sobre montañas de agua, evitando por los pelos rocas afiladas como los dientes del demonio, hundiéndose y reflotándose una y cien veces, sin piedad, escuchando como los gritos de los suyos han ido dando paso a un silencio sepulcral, roto sólo por el batir del océano contra la tierra.

Maldito sea el que puso nombre de ofidio a un barco, el “HMS Serpent” desorientado, sobrecargado y neciamente gobernado había ido a ensartar su tripa en un saliente de la “Punta Boy”, a unos …

Tropezones de alcoba

Ljubo siente como el frío se cuela entre sus ropas y acaricia su nuca, le acompaña mientras recorre la Giesebrechtstrasse, el invierno Berlinés ha llegado sin previo aviso, como comiéndose el otoño de un bocado, escalofriado, se sube el cuello de su gabardina, ajusta el nudo de su bufanda de lana y sin rumbo fijo, pasea calle abajo.

Prende un cigarrillo, observa a sus congéneres, la capital aún tiene pulso, ajena a los tambores de guerra que suenan desde los cuatro puntos cardinales, se estremece cada noche con las fiestas de sus amados líderes, champán francés y trajes de gala, que la sopa fría y el pan duro es sólo para la plebe, para los pringados del imperio.

Camina aparentemente distraído, esquivando a los obreros que trabajan en la calle tendiendo un largo cableado a la altura del número once, torpe, acaba tropezando con éste y casi da con sus huesos en el suelo, sólo la rápida acción del SD Untersturmführer Schwarz evita el hostión, Ljubo Kolchev agradecido sonríe y se presenta, …

Los vientres libres

En 1870 un tipo llamado Román Baldorioty tragó saliva antes de introducirse en la leonera en la que se había convertido el parlamento español, allí entre caras serias, bigotes señoriales y miradas asesinas, el diputado puertorriqueño, recién llegado de ultramar a la convulsa metrópoli, tomó la palabra esperanzado, entre sus exigencias, una que parece imposible que fuera emitida hace tan pocas generaciones, la de la abolición de la esclavitud.

Baldorioty, enjuto y cetrino, encabronado por una supuesta mofa hacia el color oscuro de su piel espetó a sus señorías:

“Los que niegan la libertad del esclavo, los que se complacen en remachar sus cadenas, podrán tener la piel blanca, pero sus conciencias, señores, son más oscuras que las del etíope a quien se niegan a redimir, porque el pigmento del cutis no señala diferencias de nobleza y moralidad entre los hombres” (…) “Oscura es mi tez y yo les aseguro que aquí (señalándose la frente) hay algo que sale con mi verbo a iluminar esas conciencias…

Un Nobel con olor a mostaza

Fritz Haber fue un tipo listo, un coco, un genio, una mente clara capaz de ganar el Nobel de Química en 1918, una de ésas personas cuyo trabajo ha hecho que el ser humano pueda pasar de comerse a sus familiares en una caverna a darles la tabarra con un blog sobre historia en ése invento extraño que llamamos Internet, y es que nuestro amigo descubrió la manera de obtener amoniaco, que aunque pueda parecer una pijada, no lo es, ya que éste producto está presente en casi todos los procesos industriales que mantienen nuestras obesas sociedades occidentales (desde el fertilizante con el que alimentan las patatas que engordan nuestros cuerpos, hasta los explosivos con los que algunos deciden invadir países con mucho petróleo).

Un fiera, que además pasó a la historia como la muestra más evidente de que inteligencia y bondad no siempre andan agarraditas de la mano, digo esto porque Fritz además de lo ya contado resultó ser un patriota en tiempos convulsos, alguien que a pesar de considerarse p…

Bombas y futbolines

Noviembre del treinta y seis, a miles de metros de altura, sobre el cielo madrileño, un tipo de nombre extraño y apellido impronunciable sueña con la gloria reservada a los campeones, sobre su pecho, una insignia metálica con una calavera y un tanque decora su impoluto traje caqui, bajo su culo, en las entrañas del avión que pilota, media docena de bombas de a cien kilos por ración esperan impacientes su turno para ser liberadas.

El muchacho ha viajado tan lejos para coger experiencia, hasta ahora sólo ha destruido cruces en el suelo y eso se nota, sus jefes quieren hacer de él todo un maestro de la destrucción, que coja maña en el oficio de matar, así pues, ni corto ni perezoso, pensando en los arrumacos que su teutona prometida le dará cuando regrese cual héroe a la madre patria, desata el infierno sobre ésos minúsculos puntos negros que corren despavoridos bajo sus alas.

El avión da un ligero bandazo cuando suelta su carga, mientras, nuestro ario personaje siente un ligero cosquilleo…

Raleigh y el dorado

Dicen que Raleigh caminó sosegado hasta el cadalso, con oficio, seriedad, entendiendo la muerte como el último y más costoso gaje del oficio, que quien a hierro mata, a hierro muere y él había matado mucho, demasiado.

Digno en el penoso caminar del condenado, en la nada digna tarea según la cual le separan a uno la cabeza de los hombros y la meten en un cesto, para poder enseñársela a Jacobo I, el maldito rey contra el que había conspirado y cuya ascensión había supuesto el comienzo del fin, el sumidero que se había tragado títulos, tierras y familia.

Arruinado, viejo y ahora arrodillado, frente al verdugo que da los últimos retoques a su hacha tiene unos segundos para hacer un resumen de su vida, para revivir los fragmentos de su existencia por los que será recordado.

Por su mente pasean favores y fervores de la reina virgen, intrigas palaciegas y galanterías que le hicieron rico, poderoso, envidiado y temido, fue por ella, la primera de las Isabel, por quien recorrió medio mundo, colon…

La buena vista del Dr Snow

Hay hombres que parecen mirar al mundo con otros ojos, admirados con el paso de los años la imbecilidad humana les pone seriamente difícil aquello de ser profetas de su tiempo, aquí va la historia de uno de estos tipos, la de un médico inglés con muchas neuronas en la sesera que allá por la mitad de siglo XIX salvó el cuello a cientos de Londinenses.

El Soho era por aquellos años un lugar peligroso, si bien un turista despistado podía perder hasta los calzones en cualquiera de sus oscuras calles, sobre todo corrían serio peligro aquellos que malvivían entre restos de animales, aguas fecales y tugurios superpoblados, el lugar idóneo para que una pequeña bacteria asesina hija de perra llamada “Vibrio Cholerae” hiciera de las suyas.

Y así fue, el treinta y uno de agosto de 1854 saltó la liebre, en menos de tres días el cólera mató a 127 personas en el barrio, de toda clase y condición, niños, adultos, ancianos, gente con recursos y sin ellos, como azotadas por un asesino poco selectivo, pr…

Mil años y no aprendemos

Dice la leyenda, que antes de partir decidido a la batalla, Don Diego López de Haro, quinto señor de Vizcaya, recibió de su hijo una petición clara “Que no me llamen hijo de traidor”, le espetó a su padre su retoño Lope, a lo que el padre, espoleado por la adrenalina y su reciente fracaso matrimonial contestó “Antes te llamarán hijo de puta que hijo de traidor”, dicho lo cual reunió a su fuerza de choque y sin mas miramientos, la lanzó al galope y en vanguardia contra los ciento veinte mil moros que aguardaban cimitarras en ristre en las tierras de las Navas de Tolosa.

Supongo que eso da una ligera idea de la clase de tipos sobre los que recayó el peso de la reconquista, brutos como arados, aquel día de 1212 dibujaron una cruz sobre las tierras peninsulares, cristianizando como sólo ellos sabían, por la vía rápida.

A su alrededor, en la lucha, miles de hombres de toda clase y condición pasándose a cuchillo, paisanos reclutados en los concejos castellanos, voluntarios portugueses, órdene…

Crecepelos Faraónicos

En 1862 en la ciudad egipcia de Tebas, a un saqueador de tumbas de nombre olvidado le tocó el gordo de la lotería, el premio fue un sarcófago con momia incluida que sostenía entre las piernas un papiro de casi veinte metros de largo por treinta centímetros de ancho en perfecto estado, una joya enrollada que escapó de las garras del olvido para acabar cogiendo polvo en el cajón de algún espabilado anticuario.

Allí, perdido de la mano de Horus anduvo el legajo durante algún tiempo hasta que un egiptólogo llamado Georg Ebers, con buen ojo y mejor mano para rescatar antigüedades de mercado negro, se topó con el mismo y movió los hilos para conseguir el pastón que el expoliador reclamaba, al final el alemán no sólo se llevó el papiro bajo el brazo de vuelta a la Universidad de Leipzig y sino que además le dio su nombre al que resultó ser el primer tratado de medicina de la historia.

Y es que, a parte de valor arqueológico, el escrito no tiene desperdicio, da una idea bastante clara de las et…

Por quince milloncejos todo tuyo

¿Cuánto costaría hoy comprar el 23% del territorio de EEUU?, no lo se, mi cabeza se declara inútil para hacer el cálculo, pero recién comenzado el siglo XIX, el señor Napoleón Bonaparte, acostumbrado a decidir sobre el destino de países enteros sin despeinarse su poco poblado tupé, le puso precio al territorio entonces inexplorado situado al oeste del Mississippi (unos dos millones de kilómetros cuadrados) por el módico precio de quince millones de dólares, una ganga.

El pequeño emperador, que le había birlado el territorio a España por la cara un par de años antes, (tras apretarle ligeramente los caprichos a Godoy en el tratado de San Ildefonso) se había dado cuenta que las américas quedaban demasiado lejos y eran demasiado extensas, imposibles de defender ante su sacrosanto enemigo inglés, además, cuando a los gabachos les largaron a bofetadas de Haití, el sueño de un imperio franchute americano se quedó definitivamente en agua de borrajas.

Así que ni corto ni perezoso, más atento a l…

Charlatanes Magnéticos

Un reloj parado acierta la hora dos veces al día, a la memoria me viene este dicho al escuchar la historia del médico y charlatán Franz Mesmer, tipo que se hizo famoso en el Paris prerrevolucionario del siglo XVIII con una serie de ocurrencias dignas del mejor chamán africano, emigrado desde Viena cuando la cabeza de Luis XVI aún era peinada por su dueño, el alemán se dedicó a patrocinar experimentos que poco o nada tenían que ver con la medicina clásica, y que según sus entregados seguidores eran perfectamente capaces de curar las enfermedades de ser humano.

“Magnetismo animal” llamó a su teoría y aunque tenga nombre de película porno, es más bien un proceso según el cual, la vida transcurre como un fluido magnético por canales eléctricos del organismo, cuando éstos se bloquean se produce la enfermedad, pero mediante un tipo con mucho “magnetismo” ésos flujos se pueden restaurar y sanar al enfermo.

Toma ya…

Mesmer demostró tener un especial magnetismo, pero sobre todo para los dineros a…

La calle de la pared

Si hay un lugar en el mundo en el que el sacrosanto dólar se siente a gustito ése es Wall Street, la calle del muro, el lugar en el que los colonos holandeses de Nueva Ámsterdam, allá por 1653, decidieron un buen día sustituir las defensas básicas de la colonia (poco mas que estacas en el suelo) por una muralla de cuatro metros de altura, ideal para protegerse de los ataques de los indios y los británicos, y de paso evitar que los esclavos africanos que trabajaban a destajo para la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales decidieran darse el piro.

Pierre Minuit se llamaba el tipo que hizo la gestión, entre otras, ya que entre sus hazañas también se encuentra la de haber comprado la isla de Manhattan a los indios Lenapes por unos 60 florines (24 dólares actuales), el ídolo de cualquier especulador de bolsa tan solo se aprovechó de la ausencia del concepto de propiedad privada en unos oriundos que eran nómadas, y se la traía al pairo los papeles firmados ante un individuo paliducho …