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La insurrección idiota. {relato}

  —¿Por qué demonios sigues con esto? —preguntó la bibliotecaria frente a la taza de café humeante—. Ni siquiera es un reto. Nunca podrás superar a la máquina. —No lo sé —contestó Didier—. Si lo supiera, quizás encontraría la manera de no hacerlo. Era cierto. Didier nunca supo los motivos que lo llevaban a escribir. A encadenar letras y palabras en un orden preciso. En un orden precioso. Escribir nunca fue placentero, aunque sí gratificante, el acto mismo de la escritura era una forma de extraño parto. Era una insurrección idiota. Ejecutada en soledad y ofrecida a un dios silencioso que encontraba en la indolencia su mejor arma. Ella señaló hacia las estanterías, colocadas a modo de decoración a la entrada del edificio. Antiguos tomos de papel que llevaban años sin consultarse.     —Esos autores al menos tenían un motivo —dijo la mujer, orgullosa, sentenciando con cada palabra—. Ellos buscaban dinero, pobres idiotas. O quizás reconocimiento intelectual. Palmaditas en la espalda,
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Ding, dong. {relato}

Puede que Ray esté viejo, pero sabe que con una mano atada a la espalda podría partir la crisma a ese jodido niñato. Dentro del pabellón el cuadrilátero lo espera como un altar. Un altar extraño. Delimitado por cuerdas. Con cuatro esquinitas como una tumba. Pero con sus reglas. Sus pastores. Su enfervorecida parroquia. Su ortodoxia. Ray los escucha. No puede verlos, no quiere verlos. Pero los escucha. Los huele. Ellos. Aúllan de placer ante la expectativa de la sangre. Ellos llevan ahí milenios. Apuestan y se arruinan. Se empalman con la tragedia ajena y propia. Comulgan de su sudor y de su sangre. Ellos cacarean, ríen escandalosos. Anhelan la danza. El engaño. El crujir de huesos. La inflamación y el edema. Ellos. Pueden darles mucho por culo. Ahora solo hay un objetivo. Una visión. El puto niñato que espera al otro lado. Con su cara linda. Su tabique nasal intacto. Protegido. Escondido tras una careta acolchada. Confiado. No sabe lo que se le viene encima.  Ray asciende. Ray saluda

Huero. {novela}

«—¡Franz Wilhelm Vogel! —grita—. Ha llegado el momento de que salgas de tu jaula. El mundo exterior está ardiendo y seamos sinceros, querido Franz. Nos estamos quedando sin cosas que quemar. Te necesitamos para nuestra hoguera». El centro del universo es hueco, cabe en una mano y pesa 21 gramos, más o menos lo mismo que el alma humana. El centro del universo tiene interesantes propiedades geométricas y gravitatorias. Cuando Dora mira a su través, entra en contacto con todo lo que es, ha sido y será. Ella puede ver el futuro repetido y el pasado que está por llegar, puede sentir el planeta orbitando a su alrededor mientras se descompone. Hombres indecentes, ignorantes y enfermos de odio, sienten la tracción de su campo gravitatorio. Ellos anhelan controlar el Aleph incluso antes de conocer su existencia; giran y giran sin un itinerario y se preguntan a cada vuelta por qué el punto de origen se parece tanto al de destino.  Huero es una novela negra y de fantasía ambienta

Las piedras que lloramos. {relato}

Ahí está llorando Samuel otra vez, abuelo. Lo cual no es de extrañar dada la situación, pero es que él llora constantemente, en los momentos en los que debe y en los que no, quizás por eso sus lágrimas son de amatista. Gemas de color pálido, descoloridas, por las que apenas sacan tres o cuatro euros el quilate. Todos dicen que, al mocoso, el dolor no se le condensa. Si se pilla el dedo con una puerta, llora. Si recibe una bronca de papá o de mamá, llora. Si se pierde sus dibujos favoritos, llora. A veces envidio su capacidad para liberar la espita, para sacar sus piedras. Eso hace que por lo menos a él ―después de desahogarse―, lo dejen en paz. Saben que, si se pilla un berrinche camino de la escuela y un mangante lo atraca poco se puede perder. Así que manga ancha, libertad. Todo lo contrario que conmigo. «Porque Leonor, tu eres especial». Dicen. «Porque tú no has llorado nunca. Desde que eras un bebé. Ni con hambre, ni con sueño, ni enferma, ni cuando te han reñido, cas

Debieran. {relato}

Debieran bajar los arroyos cargados, debieran brotar espontáneos y juguetones en las lindes de los caminos, empapando la tierra, cuajados de renacuajos y zapateros, haciendo brotar la vida y el verde. Debieran mantenerse los neveros en las sombras a estas alturas del año. Escarcha blanca. Hielo moteando las zonas de umbría como un recuerdo que se funde. Promesa y advertencia del invierno perdido para la frágil memoria del hombre. Debieran estar los pantanos llenos, esplendorosos, ocultando las vergüenzas de sus entrañas bajo un espejo de agua. No lo hacen y da miedo. Surgen las torres olvidadas, rompiendo el espejo en retirada, apuñalando la superficie. Campanarios que son ahora esqueletos, pétreas carcasas de cetáceos en cuyas entrañas vuelven a anidar los pájaros. Se va el agua y se marchitan las promesas. La tierra cuarteada. Los santos de paseo. El sol en lo alto reclamando hasta el vapor que queda en los alientos. El polvo en los ojos, el verde cenizo, los camp

La ciudad y la ciudad. China Miéville. {reseña}

La lectura de un buen libro siempre plantea retos, lo curioso del caso es que a veces esos retos son propuestos por el autor y otras veces somos los propios lectores los que de forma absurda los asumimos en nuestras cabezas, como un extraño peaje para completar la obra. He de reconocer que mientras leía  «La ciudad y la ciudad»  de  China Miéville  he caído en esa trampa. Obsesionado por encontrar la solución al desafío, el sentido al poderoso juego que plantea. Quizás estaba equivocado. El caso es que este libro plantea varios círculos perfectos, unos encima de otros como las capas de una tarta; el primero es el evidente, una historia clásica de novela negra, con su asesinato, su investigador y su precioso cordel del que tirar. Un argumento que por sí solo engancha y justifica su lectura. Pero no es eso lo que hace grande a este libro; este libro es grande porque incrusta su trama en una gran metáfora. Y esa metáfora es bella, es rara, es brutal y aterradora. Porque « La ci

Los árboles de la memoria, la memoria de los árboles. {relato}

(Prefacio) Muchos hombres no saben que algunos recuerdos se convierten en árboles. No todos, solo los trascendentes, aquellos que nos definen como persona. Memoria que se enraíza y brota generando una masa forestal que nos protege del vacío. Hubo un tiempo en el que cuidábamos de nuestros árboles de la memoria, porque sin ellos los hombres quedan huecos, son carcasas; autómatas que se mueven y sonríen sin saber de sus vidas ni origen, ni destino. Hubo un tiempo en el que conocíamos su existencia, su lugar preciso en el bosque y caminábamos a su encuentro; limpiábamos la maleza a su alrededor y podábamos sus ramas inertes, dibujábamos nuestros nombres sobre su corteza. La vida sobre ellos y bajo ellos era rica y nos llenaba de gozo. Sus frutos eran nuestro sustento. Retoños. Vieja foresta majestuosa. Sabiduría transmutada que daba sombra y cobijo bajo el sol del estío. Eso fue antes de que el ser humano disfrutara del olvido. Porque el olvido se hace poderoso cuando sol