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Borges. Cuentos completos.

Hay obras que parecen esperarte en un punto del camino, en un punto de tu camino. El momento adecuado en el sitio adecuado, quizás si accedes a ellas antes de tiempo o demasiado tarde, esas obras son como semillas malogradas, se secan y no germinan o se pudren por exceso de agua. Pero si brotan en su momento y se les da su tiempo, pueden formar árboles centenarios bajo los que cobijar la razón. Cada uno debe encontrar los motivos para abrir un libro y también para cerrarlo. Estos son mis motivos para leer a Borges: 1.―Por el lenguaje. Algo evidente, o no. Multitud de clásicos son difíciles de leer y es normal. Para que un clásico sea clásico pasan muchos años de por medio y el lenguaje cambia, la sociedad cambia, así que su lectura exige también un cambio. Un reset previo que muchas veces los lectores no sabemos hacer. Pero luego están los monstruos. Los autores inmortales. Lo que dicen y cómo lo dicen tiene vigencia ayer, hoy y en un futuro muy lejano, cuando las cucarachas gobiernen …
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Minué para guitarra (en veinticinco disparos)

Estamos acostumbrados a la ley de la causa y el efecto. Una ley sencilla y ubicua, universal. Si aprietas un gatillo el percutor se libera. Si el percutor percute, la pólvora explota. Si la pólvora explota, la bala sale despedida. Si la bala te encuentra en su trayectoria probablemente te agujeree las tripas. Es sencillo, no hay que ser un genio para entenderlo, las guerras no las luchan ni ganan genios sino tipos que caminan, se tiran al suelo, disparan y vuelven a levantarse para caminar. Tipos que entienden perfectamente las leyes universales sin necesitar que alguien se las explique.
Pero resulta que la física es una diosa juguetona. Resulta que los físicos modernos son sus oráculos y a veces las cosa se pone brava. Hoy en día estos hablan de una ley nueva, algo que llaman retrocausalidad. Una ley esquiva que se cumple ―al parecer― sólo en el mundo de lo muy pequeño. En el reino del mesón, del bosón, del electrón. Allí donde las partículas viven entrelazadas en el espacio y también…

Quizás la sal

Quizás es cierto, quizás haya infinitos universos infinitos. Quizás en uno de esos lugares haya un hombre que se deshace y un hijo que se pregunta: -¿Por qué estamos hechos de sal? Quizás en ese lugar las células tengan una perfecta simetría cristalina y no una bicapa lipídica. Puede que allá a la mujer de Lot un Dios iracundo la convirtiera en carne. Puede que los Dioses de sal sean tan crueles como los nuestros. Quizás en ese mundo blanco reine el miedo. Miedo al horizonte y a la tormenta que oculta. Quizás la sed sea su condena. Quizás las lágrimas labren sus caras. Puede que al morir, sus rasgos y extremidades se mezclen con la arena, se disuelvan en un mar dulce. Puede que al morir los padres, los hijos los busquen en lugares equivocados. Quizás por accidente los hijos los encuentren en la mirada de sus propios hijos, en sus gestos, en las risas infantiles que resuenan a través de infinitos universos de distancia.

Manifiesto Redneck

Jim Goad es un Redneck, un Hillbilly, un orgulloso miembro de la basura blanca que esparce sus caravanas por el ancho culo de Norteamérica. Y como ellos está empapado por el mismo odio, un sentimiento duro como el diamante y barato como un canto rodado; que crece desde las toneladas de promesas incumplidas, que está asentado sobre siglos de miseria, de abuso metódico e institucionalizado puteo. Ellos odian al gobierno federal. Odian a la banca. Odian a sus jefes. Odian a los progresistas, a los hípsters neoyorkinos y en general a todo aquel que les sonría con suficiencia detrás de una dentadura inmaculada. Jim y sus hermanos son la carne que alimenta la bestia. Ellos trabajan catorce horas al día y no llegan a final de mes. Y están encabronados. Ellos son los tipos que se caen de andamio, los tipos que agujerean las minas de carbón. Los que disparan a desconocidos en selvas y desiertos lejanos. Los que vuelven a casa con la mirada perpetuamente enfocada a doscientas yardas de distancia…

A la deriva en el mar de las lluvias

Buscando una metáfora precisa que me permita definir las antologías de Spórtula seleccionadas por Mariano Villareal solo encuentro una de corte gastronómico, porque leer una de estas recopilaciones es como que te inviten a comer un menú degustación en un restaurante de muchas estrellas. Un sitio con muchos platos breves pero sabrosos, de esos que comes despacio paladeando el asunto, para pillar cada uno de los matices que el cocinero ha escondido dentro. Y es que en esta deriva en el mar de las lluvias hay muchas estrellas, no de las que otorga Michelín sino más bien de las que brillan en el cielo.  Premios Hugo, Nébula y British Science Fiction. Cuidadosamente traducidos, además. Y Ted Chiang, firmando un relato que sólo por si mismo justifica el desembolso, «La verdad de los hechos, la verdad del corazón» es una de las obras cortas más elegantes que he leído en mucho tiempo. La literatura de este hombre está perfectamente medida y proporcionada. Es brutalmente interesante en contine…

Muerte con pingüino.

Dicen los zoólogos que los pingüinos son los pájaros más cabrones que hay, perfectamente capaces de matarse entre ellos a la menor oportunidad; dicen también que sin embargo algunas especies son monógamas y fieles, con parejas estables para toda la vida. Son obedientes, sociales y pacientes. Y resignados. Puede que eso y la facilidad con la que asumen como confortable su propia mierda los haga más humanos de lo que creemos, puede que desde ese punto de vista no sea tan descabellado tenerlos como animal de compañía. En «Muerte con pingüino» el protagonista, un escritor en horas bajas llamado Viktor tiene a un pingüino llamado Misha por mascota, un animal rescatado del zoo que le acompaña en su soledad. Un testigo discreto, triste y melancólico de su pequeño desastre. Viktor y Misha deambulan como planetas sin estrella, buscando con paso poco grácil la forma de ganarse los cuartos, cruzándose sin quererlo con otros personajes que van asomándose a sus vidas en un país recién derrumbado, c…

Fat city

Hace cosa de un año, entre la pila de libros adquiridos en la feria de Madrid se coló esta novela “Fat City” de Leonard Gardner, librazo que en su día debiera haber reseñado y recomendado pero que sin embargo se fue quedando en el tintero virtual que esconde esta memoria maldita. El caso es que ayer, rebuscando libros en Amazon di con él y comprobé apesadumbrado que apenas tenía una reseña en español. Una única reseña es una cabronada que se hace especialmente dolorosa cuando el libro es bueno. Y es que esta ciudad gorda esconde varias lecturas, como toda la literatura que merece la pena. La primera es la superficial, la que te lleva a la curiosa información que esconde la solapa, donde el editor te cuenta que es una de esas obras en las que alguien ha volcado media vida. Su autor no ha escrito más que este libro, extendiéndolo primero y condensándolo después, de 400 a 219 páginas, exprimiendo cada frase hasta sacar la esencia. La segunda lectura es la evidente, porque en Fat City se ha…