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Manifiesto Redneck

Jim Goad es un Redneck, un Hillbilly, un orgulloso miembro de la basura blanca que esparce sus caravanas por el ancho culo de Norteamérica. Y como ellos está empapado por el mismo odio, un sentimiento duro como el diamante y barato como un canto rodado; que crece desde las toneladas de promesas incumplidas, que está asentado sobre siglos de miseria, de abuso metódico e institucionalizado puteo. Ellos odian al gobierno federal. Odian a la banca. Odian a sus jefes. Odian a los progresistas, a los hípsters neoyorkinos y en general a todo aquel que les sonría con suficiencia detrás de una dentadura inmaculada. Jim y sus hermanos son la carne que alimenta la bestia. Ellos trabajan catorce horas al día y no llegan a final de mes. Y están encabronados. Ellos son los tipos que se caen de andamio, los tipos que agujerean las minas de carbón. Los que disparan a desconocidos en selvas y desiertos lejanos. Los que vuelven a casa con la mirada perpetuamente enfocada a doscientas yardas de distancia…
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A la deriva en el mar de las lluvias

Buscando una metáfora precisa que me permita definir las antologías de Spórtula seleccionadas por Mariano Villareal solo encuentro una de corte gastronómico, porque leer una de estas recopilaciones es como que te inviten a comer un menú degustación en un restaurante de muchas estrellas. Un sitio con muchos platos breves pero sabrosos, de esos que comes despacio paladeando el asunto, para pillar cada uno de los matices que el cocinero ha escondido dentro. Y es que en esta deriva en el mar de las lluvias hay muchas estrellas, no de las que otorga Michelín sino más bien de las que brillan en el cielo.  Premios Hugo, Nébula y British Science Fiction. Cuidadosamente traducidos, además. Y Ted Chiang, firmando un relato que sólo por si mismo justifica el desembolso, «La verdad de los hechos, la verdad del corazón» es una de las obras cortas más elegantes que he leído en mucho tiempo. La literatura de este hombre está perfectamente medida y proporcionada. Es brutalmente interesante en contine…

Muerte con pingüino.

Dicen los zoólogos que los pingüinos son los pájaros más cabrones que hay, perfectamente capaces de matarse entre ellos a la menor oportunidad; dicen también que sin embargo algunas especies son monógamas y fieles, con parejas estables para toda la vida. Son obedientes, sociales y pacientes. Y resignados. Puede que eso y la facilidad con la que asumen como confortable su propia mierda los haga más humanos de lo que creemos, puede que desde ese punto de vista no sea tan descabellado tenerlos como animal de compañía. En «Muerte con pingüino» el protagonista, un escritor en horas bajas llamado Viktor tiene a un pingüino llamado Misha por mascota, un animal rescatado del zoo que le acompaña en su soledad. Un testigo discreto, triste y melancólico de su pequeño desastre. Viktor y Misha deambulan como planetas sin estrella, buscando con paso poco grácil la forma de ganarse los cuartos, cruzándose sin quererlo con otros personajes que van asomándose a sus vidas en un país recién derrumbado, c…

Fat city

Hace cosa de un año, entre la pila de libros adquiridos en la feria de Madrid se coló esta novela “Fat City” de Leonard Gardner, librazo que en su día debiera haber reseñado y recomendado pero que sin embargo se fue quedando en el tintero virtual que esconde esta memoria maldita. El caso es que ayer, rebuscando libros en Amazon di con él y comprobé apesadumbrado que apenas tenía una reseña en español. Una única reseña es una cabronada que se hace especialmente dolorosa cuando el libro es bueno. Y es que esta ciudad gorda esconde varias lecturas, como toda la literatura que merece la pena. La primera es la superficial, la que te lleva a la curiosa información que esconde la solapa, donde el editor te cuenta que es una de esas obras en las que alguien ha volcado media vida. Su autor no ha escrito más que este libro, extendiéndolo primero y condensándolo después, de 400 a 219 páginas, exprimiendo cada frase hasta sacar la esencia. La segunda lectura es la evidente, porque en Fat City se ha…

La mano izquierda de la oscuridad.

Debiera ser fácil hablar de los maestros de la ciencia ficción. El punto de partida es más simple, más sencillo. Hay dos opciones, puedes ejercer una crítica despiadada desde tu ignorancia, mostrando sin tapujos tu idiotez en pos de la atención pasajera, o puedes asumir lo evidente, la conclusión a la que gente mucho más inteligente que tú ha llegado mucho tiempo antes que tú, y tratar de genio al genio, alabando su figura, su obra. No hay que ser muy listo para lo primero. No hay que ser un tipo muy esforzado para lo segundo. Y sin embargo cuando me enfrento a Úrsula K Le Guin me quedo mudo. Deslumbrado y decidido a no hacer una elegía facilona. Rebusco las ideas dentro de mi sesera y las coloco frente a mí en un orden impreciso, indeciso antes de abrir la bocaza. Antes de opinar. “La mano izquierda de la oscuridad” es un disfrute. Pero un disfrute difícil, como un sabor extraño que paladeas por primera vez antes de hacerte adicto. Un libro que no admite una lectura atolondrada. Aquí…

Aniquilación

Hace algún tiempo vi una viñeta de esas que te hacen pensar y reír, aunque no necesariamente en ese orden, en ella aparecía una tierra apesadumbrada en la consulta de un doctor con pinta de júpiter mientras éste le daba una mala noticia. ―Lo siento, tiene humanos―. Decía el planeta. Una mala noticia, sin duda, porque desde un punto de vista externo, el ser humano tiene peligrosas similitudes con un agente infeccioso. Surgimos. Crecemos. Nos multiplicamos. Y en el camino destruimos el organismo que es nuestro soporte y sustento. Acabo de ver Aniquilación, la película de Alex Garland protagonizada por Natalie Portman y no he podido evitar acordarme del chiste, (OJO! a partir de aquí Spoilers) porque, básicamente el filme reflexiona sobre eso, contando una historia en la que la tierra no deja de ser un gran organismo vivo sometido a cambios, a infecciones que desencadenan la mutación y el desastre. Algo que ocurre con cierta frecuencia en el mundo microscópico; donde hay multitud de ejemp…

El orden natural del desorden

"Tomé conciencia de mi propio ser más o menos al mismo tiempo que el sol comenzó a consumir la segunda mitad de sus reservas de hidrógeno, lo cual, según mis cálculos, me daba una esperanza de vida muy superior a la que cualquier ser vivo en su sano juicio podría desear. Cinco mil millones de años asumiendo el sistema de referencia del planeta tercero, después la enana amarilla gastaría totalmente su combustible, expandiría su radio y acabaría con mi existencia. Supongo que hay otros sistemas de referencia más adecuados, más aceptables para mi forma y condición. Pero, de alguna manera, los humanos dejaron en mí su impronta. Ellos habían diseñado la estructura básica sobre la que me sustentaba. Y eso me influyó. A pesar de que ya no existieran, a pesar de que su sistema organizativo fuese un auténtico despropósito, había algo en su recuerdo que me atraía. Quizás fuese la naturalidad con la que asumían su propio fin. Quizás fuese la espantosa dualidad de sus actos; ellos eran capaces…